“La calle estaba llena de gente bailando, todos hombres. Estaban todos bailando a la vez detrás de sus propios gaiteros y tamborileros. Formaban una especie de club y todos vestían con blusas azules de trabajo y pañuelos rojos alrededor de sus cuellos y llevaban una gran pancarta con dos palos. La pancarta bailaba con ellos arriba y abajo a medida que fue rodeada por la muchedumbre.
- ¡Aúpa el vino!, ¡Aúpa los forasteros! - estaba pintado en la pancarta.
- ¿Dónde están los forasteros? -pregunto Robert Cohn.
- Nosotros somos los forasteros -dijo Bill”
Ernest Hemingway, “Fiesta, the sun also rises”
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La fiesta es una institución social, con una función central en todas las sociedades “felices” de la historia. Sociedades en las que la fiesta tiene no sólo una función catártica, sino a la vez una función iniciativa, e incluso una función que ayuda a la perdurabilidad del propio sistema. Y toda fiesta necesita una plaza, un lugar de encuentro, lugar de intercambio. Sitio simbólico por excelencia, pero también sitio del pueblo, que pertenece a todos y en el cual es posible encontrarse entre todos. Sitio del compromiso de lo cotidiano, pero también de lo festivo.
También aquí la fiesta necesita su ágora, tal y como nos explica Mario Gaviria y, el actual senador autonómico, Patxi Tuñon en su libro El espacio de la fiesta y la subversión; “¿Qué serian de los Sanfermines si no existiera el Casco Viejo de Pamplona?”. El Casco Viejo es la cuna de la fiesta. Los gigantes se pierden fuera de lo Viejo. A los borrachos les parecen demasiado anchas las calles, con demasiados coches. En el burgués Ensanche la música se disipa, suena de otra forma. El ruido alegre se convierte en molestia.
Ayer y hoy, el Casco Viejo es el lugar del humor, de la vivencia social y el ritual del caos. Así lo recuerda José Maria Iribarren en su libro Los Sanfermines; “Aún me parece ver a dos guasones de Tudela, con sus barbas de estopas, dos barbas abrahámicas, que les bajaban hasta el ombligo. Uno de ellos, sobre una mesa del Dena-Ona, abría sus brazos vociferando: ¡Ya estamos aquí los de la Ribera, los que venimos a sembrar remolacha con el sudor de nuestros callos! Aquí -señalando a su compañero- esta Justinín que se tragará la espada. ¡Pasen, pasen al interior!”
Ayer y hoy, la fiesta se reinventa en el Casco Viejo. A menos de una semana para el Txupinazo, en las estrechas calles de la Vieja Iruña se respira excitación; los escaparates se visten de blanco y rojo, los artistas callejeros tapan las esquinas, el colegio público San Francisco se convierte en una consigna gigante y lo que durante el resto del año fue una zapatería, ahora se prepara para dispensar kalimotxo.
Así palpita estos días lo Viejo. Aguardando a los toros, los feriantes, las pelotas de goma y el vino. Esperando a miles de forasteros que no saben que lo son.





Bueno, se nota y se siente que ya no falta nada para la explosión. A pesar de la pluma de Félix es dificil hacerse una idea de como se está acelerando la ciudad estos días y lo que se va a vivir el Domingo, así que lo mismo colgamos unas fotos cuando llegue el momento….
La fiesta es una cosa y sanfermines es otra. Como diría Mingo Revulgo, la castidad de esas entrañables fiestas es lo más significativo. Los castas, las peñas, los presos, las tradiciones, el momentico, las barracas, los almuerzos, la suciedad, los encierros, las jotas, los cohetes, las charangas, los gigantes… En fin, todo un sufrimiento.
Que recuerdos.
Frescos en mi memoria están todavía ese montón de sentimientos cuando llegaba la ultima semana de junio y nos disponíamos mi padre y yo a montar el escaparate de San Fermin.
Siempre queríamos ser los primeros de la calle en colocar el escaparate, para mi padre, que las BBB fuera la tienda que salia en tele navarra anunciando en su escaparate que ya falta menos, era la bomba.
Ahora, cuando escribo esto se me sigue poniendo un nudo en el estomago y en la garganta igual que cuando me tocaba.
Imaginaos por un momento la situación, montando el escaparate, ese escaparate que sin duda era el que mas ilusión hacia poner.
Montábamos un encierro con toros fabricados por mi padre o como se diría en la jerga taurina de la ganadería de Jose Bermejo, con divisa roja, amarilla y violeta.
Había que ver como se quedaba la gente mirando, que sonrisas, esos niños señalando con el dedo a los toros de madera, bueno para ser exactos también algún que otro moco y labios marcados en le cristal también, pero joder no me importaba nada, os puedo asegurar que que era una sensación impresionante.
El día 6 se abría, pero no para vender ( cosa que si podíamos hacíamos ), preparábamos unas botellas de cava y cuatro chorradas para comer, que ofrecíamos a nuestros clientes y algún que otro extranjero que no perdía la ocasión,la cuadrilla también se pasaba, cosa que aprovechaba para escaparme un poco, ya sabéis los que me conocéis que tengo el morro fino.
Pero con mucha pena eso ya se ha acabado, ahora es distinto no quiero entrar en si mejor o peor, simplemente distinto, aunque para mi, lo vivido antes y el recuerdo de hoy, es lo que me sigue poniendo la piel de gallina.
Y como de bien nacidos es ser agradecidos, quiero agradecerte, Felixin, el hacerme recordar esos momentos imborrables.
HOY PAGO YO!!!!!!!
En Salamanca el alcalde pepero los persigue, a los músicos callejeros, y hasta les secuestra el instrumento, y vas a la prensa y se callan como putas los muy fachas.