
Ayer a la noche fui a ver la segunda parte de Rec, o [·REC ]2. La primera la vi hace unos días en la tele y no me defraudó: una buena película de miedo, con su dosis de suspense y monstruosidades, en base a un argumento bastante original narrado a través de la cámara de uno de los personajes (un poco al estilo de El proyecto de la Bruja de Blair). Tras leer algunas críticas de la secuela iba prevenido, y tan sólo esperaba la resolución del enigma (¿qué diablos ocurría en aquella casa?), un poco más de sangre y algún que otro susto. Y vaya si los tuve (no remoloneo a la hora de reaccionar a los estímulos del séptimo arte: si hay que llorar, se llora; si hay que dar un salto, se da), aunque la explicación del origen del mal es un poco decepcionante. Afortunadamente, los directores tampoco se toman muy en serio y obsequian al espectador con un par de escenas paródicas, del tipo de un desalmado rompiendo la puerta del cuarto de baño donde se esconde su víctima o una niña endemoniada gritando improperios. Más allá de estos guiños, continúa siendo un recurso escalofriante (si uno acepta jugar el juego que propone cualquier película de miedo) mostrar cómo se les puede torcer una noche tranquila y cotidiana a unos personajes a los que, sin comerlo ni beberlo, visita el terror más despiadado.
De camino al cine pasé por la plaza nueva de mi barrio: la han puesto para embellecer el parking que han excavado debajo, no sé ni siquiera si tiene nombre. Dicen que mi barrio es el “pequeño Caribe” o el “Manhattan dominicano” de Madrid: uno de cada cuatro vecinos es migrante, la mayoría latinoamericanos. Así que no resulta extraño que hayan sido ellos, los jóvenes dominicanos con sus gorras del béisbol o los dominicanos más viejos que echan la partida en una mesita improvisada, quienes hayan alegrado con su presencia el gris encementado de la plaza. El camino al metro se hace más colorido a su paso por allí. A la salida del cine me encontré pinchada la rueda de mi bicicleta, así que bajé andando por Jerónima Llorente. En esa calle abundan los bares de copas y las salas de baile frecuentados por la comunidad latinoamericana del barrio. A la altura de uno de estos garitos vi mucha gente en la calle y pensé que el buen tiempo invitaba a seguir la fiesta bajo las estrellas, pero la gente estaba quieta y la música había desaparecido. Se trataba de una redada. Los policías estaban pidiendo la documentación, una por una, a todas las personas que había en el bar. “Quién se lo iba a imaginar, con lo tranquilos que estábamos aquí”. Cómo se les puede torcer la noche, sin comerlo ni beberlo, a algunas personas a este lado de la pantalla.



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