
Entrada anterior: Peter Gowan.
Giovanni Arrighi también se propuso indagar en el pasado reciente para comprender mejor el capitalismo contemporáneo, pero su plan inicial, resumido en el engañoso título de su más famoso libro: El largo siglo XX (Akal, 1999), terminó yéndosele de las manos y se alargó hasta unos cuantos siglos más atrás, allá por las ciudades-estado italianas del siglo XV. La tesis de Arrighi (inspirada en la obra de Braudel) era que la historia del capitalismo podía leerse como la sucesión de cuatro largos ciclos de acumulación de capital, que se corresponden -salvo el primero de ellos- con la hegemonía política de Holanda, Inglaterra y Estados Unidos. Cada ciclo de acumulación se componía de tres fases: una inicial de expansión financiera, que se producía gracias al desplazamiento de capitales de un centro a otro; otra posterior de expansión material que se correspondía con el esplendor político y productivo del ciclo; y una tercera de expansión financiera que marcaba el declive de un ciclo y el inicio de otro. A la luz de este esquema, el neoliberalismo de los años 80 podía interpretarse como el otoño del ciclo de acumulación capitalista del siglo XX presidido por la hegemonía norteamericana. Que ese ciclo fuera a terminar no significaba que lo que empezara después fuera mucho mejor; de hecho, el panorama que pintaba Arrighi en las paginas finales del libro no era demasiado halagüeño.
Arrighi nació en 1937 y creció al calor de la guerra y el antifascismo. Cursó estudios de economía, y luego pasó dos años en una de las fábricas de su abuelo materno, tiempo suficiente para comprender que cualquier parecido entre la teoría económica neoclásica y el mundo real era pura coincidencia. Tras trabajar como assistente volontario (sincero eufemismo para decir “sin cobrar”) en la universidad italiana, consiguió un puesto en el University College de Rhodesia y Nyasaland. Su paso por África le convenció definitivamente de la inutilidad de los modelos matemáticos que había aprendido en la facultad de economía, y orientó su interés hacia la sociología histórica, de la que más tarde se convertiría en una de las figuras más reconocidas.
A su vuelta a Italia, estuvo trabajando a caballo entre Trento (centro del movimiento estudiantil) y Turín (centro del movimiento obrero), en el corazón mismo de la explosión política del largo 68 italiano, en la que pronto se vio envuelto. En una entrevista reciente, Arrighi relataba un hecho curioso: el término autonomía -cuya autoría suele atribuirse hoy a Toni Negri y que dió nombre a todo un movimiento- fue puesto en circulación por el Gruppo Gramsci, que Arrighi animaba en aquellos años junto a Madera y Passerini, y hacía referencia a la necesidad de que las vanguardias de trabajadores desarrollaran, con la ayuda de los intelectuales, su propia autonomía para comprender e intervenir en la realidad que rodeaba sus luchas. Más allá de la anécdota, creo que la visión de Arrighi sobre el papel de los intelectuales y su relación con los movimientos sigue siendo una buena referencia:
Mi posición -respondía Arrighi- era: «Yo no voy a deciros qué tenéis que hacer, porque vosotros conocéis vuestra situación mucho mejor de lo que yo la conoceré nunca. Pero yo estoy mejor situado para comprender el contexto general en el que se desarrollan las luchas, así que nuestro intercambio tiene que basarse en el hecho de que vosotros me contáis cuál es vuestra situación y yo os cuento cómo se relaciona con el contexto más amplio que vosotros no podéis ver o que veis tan solo parcialmente, desde donde vosotros operáis». Esa fue siempre la base de excelentes relaciones, tanto con los movimientos de liberación en África meridional como con los trabajadores italianos.
A finales de los años 70 se trasladó a Binghamton (Estados Unidos), la cuna del análisis de los sistemas mundo, corriente teórica encabezada por Terence Hopkins e Inmanuel Wallerstein. Allí conoció a la que luego seria su compañera, Beverly Silver, con quien se embarcó en el proyecto de El largo siglo XX, tan largo que finalmente la parte dedicada al movimiento obrero se convirtió en un libro escrito por ella (Fuerzas de trabajo, Akal) y en un extenso artículo de Arrighi (“Siglo Marxista, siglo americano”, NLR). Las desproporcionadas dimensiones de su tema de estudio (varios siglos, todo el mundo) no han de confundirse con la claridad de su objetivo: averiguar cuál es la relación entre los ciclos capitalistas, las hegemonías políticas y las pautas del conflicto social, de cara a anticipar las posibilidades de lucha y emancipación.
Con ese ánimo, en los últimos años dirigió su atención hacia Asia, el nuevo centro económico-político emergente, y publicó Adam Smith en Pekín (Akal), libro en el que traza una original visión de la trayectoria de China y de su situación actual dentro del panorama mundial, todo ello con una mirada históricamente fundada y teóricamente antidogmática. Tanto China como Adam Smith adquirían otro color distinto al habitual bajo el escrutinio de Arrighi.
Mantuvo su compromiso político vivo hasta el final (y una actitud vital e intelectual generosa y honesta, subrayada por quienes le trataron), en el departamento de sociología de la Johns Hopkins de Baltimore y en las muchísimas conferencias alrededor del mundo a las que era invitado; pero lo hizo con la máxima naturalidad y el máximo rigor, bien lejos de las payasadas retóricas de algunos intelectuales falsamente radicales. En una larga entrevista realizada por David Harvey para la New Left Review, cuando ya le había sido diagnosticado el cancer, Arrighi se despedía comentando con humor y lucidez sus recelos hacia el término socialismo:
No tendría objeciones a ser llamado socialista, excepto porque desafortunadamente el socialismo ha sido demasiado identificado con el control de la economía por el Estado. Nunca pensé que fuera una buena idea. Provengo de un país en el que el Estado es despreciado o no inspira ninguna confianza. La identificación del socialismo con el Estado crea grandes problemas. Así, pues, si este sistema-mundo [que propongo] se va a llamar socialista sería necesario que se redefiniera en términos de respeto mutuo entre los seres humanos y un respeto colectivo por la naturaleza. Pero esto puede tener que organizarse a través de intercambios mercantiles regulados por el Estado, de modo que se incremente de una forma smithiana el poder de los trabajadores y se disminuya el del capital, y no mediante la propiedad y el control de los medios de producción por parte de aquel. El problema con el término socialismo es que ha sido maltratado de tantas formas diferentes que se halla, pues, muy desacreditado. Si me preguntas cuál sería un término mejor, no tengo ni idea, creo que tenemos que buscar uno. Tú eres muy bueno encontrando nuevas expresiones, así que deberías ofrecernos alguna sugerencia [...] ¡Así, que te dejo la tarea a ti!
Giovanni Arrighi nos ha dejado con la tarea de forjar ese otro mundo al que, hasta que se nos ocurra un nombre mejor, podemos seguir llamando socialismo; una tarea para la cual sus libros y articulos son -y seguirán siendo- una estupenda brújula con la que orientarnos en el laberinto de la historia y la política.
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Genial.
Pronto Cohen?
Me han entrado unas ganas terribles de leer todo lo que citas… Entre las recomendaciones de Gowan y lo que quede por venir, veo que la lista de cosas que HAY que leer va a ser enorme y ya empiezo a sentirme ignorante. Menos mal que hoy me siento “cool” para todo el día…
Muy interesante este autor. No lo conocía. Su reflexión sobre los problemas que genera la identificación entre el término socialismo y un Estado desacreditado me parecen además perfectamente aplicables al caso español.
[...] siguientes: Giovanni Arrighi y Gerald Cohen. [...]