January 3rd, 2011 a las 2:07 pm
Y en tu guitarra como en la de Woody
y en la de Woody como en la de Joe Strummer
venían escritas las instrucciones
para salir a pelear
Los Carradine, Billy Bragg
Descubrimos hace poco a Billy Bragg y ya se ha convertido en parte de nuestra banda sonora. El otoño pasado estuvo en Madrid y dio un concierto memorable: armado con su guitarra eléctrica y un vaso de té, fue capaz de levantar a toda la Galileo Galilei para berrear “Looking for another girl!”, entre bromas sobre la selección española y speechs políticos incendiarios. Ahora ya forma parte del hilo musical cotidiano, y aparece en nuestras conversaciones sobre política y embarazos, al encontrarnos con compañeros de la izquierda desperdigada en los piquetes sindicales, o mientras aguardamos el gran salto adelante. Por eso leer este artículo suyo sobre las movilizaciones estudiantiles resulta tan reconfortante (a diferencia de las ocurrencias que han escrito otros compañeros de viaje), y anima a recargar la batería “para salir a pelear”.
Los estudiantes en lucha: enseñando a la vieja guardia de la izquierda un par de cosas
Billy Bragg (Guardian, 14-12-2010)
Los estudiantes en lucha de este invierno del descontento son mis héroes. En lugar de darse por vencidos ante los políticos que han incumplido sus promesas sobre las tasas universitarias, se han puesto manos a la obra. Las manifestaciones y ocupaciones son el mejor antídoto contra el cínico mal genio escupido en los foros de internet contra cualquiera que se atreva a desafiar la idea de que el capitalismo de libre mercado es la repuesta a todos nuestros problemas.
La ubicuidad de los teléfonos móviles con cámara entre la gente joven ha convertido a cada activista en un reportero ciudadano, capaz de acceder a imágenes que refutan al instante las afirmaciones de las autoridades. Estos mismos aparatos permiten a los manifestantes comunicarse con la suficiente prontitud como para evitar ser acorralados por la policía y detenidos ilegalmente. Los estudiantes conocen sus derechos porque pueden googlearlos.
Se suponía que era la generación de los activistas-poco-aplicados [slacktivists], dispuesta a impedir que Simon Cowell [directivo de Sony-BMG y creador de Factor X] se haga con el número uno en las listas, pero incapaz de llevar las cosas más lejos. En vez de esto, han tomado la iniciativa, sin esperar a que el Partido Laborista o la TUC [la unión sindical] les digan lo que tienen que hacer, tejiendo sus propias complicidades en la sociedad, haciendo frente a los dolorosos recortes y exigiendo que quienes eluden impuestos compartan ese sufrimiento.
Por lo que veo, parecen decididos a evitar los recelos ideológicos que han arruinado a la izquierda británica durante tanto tiempo. Es la primera generación que tiene la oportunidad de crear una forma de socialismo no contaminada por el totalitarismo. Aquéllos de nosotros que luchamos contra los tories en los últimos años del siglo pasado deberíamos escuchar y aprender.
Extraído de: Guardian (y traducido libremente).
November 14th, 2010 a las 4:10 am

Una multitudinaria manifiestación ha recorrido hoy las calles de Madrid: por Atocha, Jacinto Benavente y Carretas hemos paseado nuestra indignación miles de amigos del pueblo saharaui (y algún político oportunista), hasta inundar la Puerta del Sol con gritos a favor de la libertad del Sáhara y en contra de la represión marroquí. La alegría por el éxito de la convocatoria va pareja con la rabia por la actitud medrosa e hipócrita de nuestro gobierno. Zapatero ha afirmado que “tiene que poner por delante los intereses del Estado”, una razón tan desafortunada para defender su complicidad como aquélla que esgrimió Ana de Palacio para justificar la guerra de Iraq por sus efectos en el precio de nuestra gasolina. El PSOE debería preguntarse cuáles son exactamente los “intereses nacionales”; o dicho de otro modo: si el pueblo español desea intercambiar la negación de los derechos humanos a un pueblo entero por menos inmigrantes y más negocios con Marruecos, y si el pueblo español está dispuesto a cargar sobre su conciencia con todas estas muertes y torturas. Debería preguntárselo cada militante socialista a sí mismo y a su entorno (donde encontraría familias que acojen a niños saharauis en verano, activistas por la causa del Sáhara), y luego a sus responsables de agrupación y a sus dirigentes más próximos, y después a los cargos políticos que pueblan diputaciones, consejerías y ministerios, así hasta conseguir anteponer la “razón democrática” que hoy se ha manifestado por Madrid a la “razón de Estado” tras la que se escuda Zapatero.
Allá va un poema, lleno de rabia, de uno de nuestros poetas predilectos, para despedir el día:
Ya no quedan espejismos en el Sahara.
España,
vente a la cárcel negra de El Aaiún,
llevo treinta años pronunciando tu nombre,
España, tu nombre en vano.
Lo grito cuando me torturan los charcuteros,
los vejadores del simún,
lo escupo cuando aspiro al milagro de vivir
y me acaricio para sobrevivir.
Observa mis heridas del color de las rejas
de esta execrable cárcel de dioses abandonados.
Somos doscientos saharauis
hacinados como lápidas, como bestias sin voz,
y unos 200.000 en medio de la nada
de la hamada hostil.
La nada son 5 bajo cero de noche
y 45 grados bajo el sol del olvido
del campo de refugiados.
Vente a la cárcel negra donde Aminetu escribe:
Estoy tan segura de vosotros como lo estoy del mar
que me espera a 25 kilómetros, tan segura de que esos niños
volverán a su tierra liberada…
Lo gritan nuestros niños cuando se lanzan al sol
y caen en tus piscinas de Madrid, Euskadi…
Esos delfines buscan respuestas en tu secreto hipócrita
y regresan a casa con tu nombre en los labios.
España no te laves las manos otra vez,
no te daré mi melfa para secarte.
No me abandones a mi suerte de fósforo y napalm.
Tienes una herida sobre el Trópico de Cáncer,
supura por el norte, con el río Draá,
supura por el este en las montañas del Zemmur,
por el valle del Tiris los dátiles, los oasis supuran,
supura el manantial de las dunas del Azefal
y llega por el oeste la hemorragia al Atlántico.
España, no pidas calma
a los hombres azules con el tiempo en las manos
y el corazón de arena. No pidas silencio
a los presos políticos, los desaparecidos,
ni paciencia a este pueblo ocupado, expoliado
que lleva un siglo soñando contra el sol
sometido a banderas y demonios ajenos.
No quedan espejismos en el Sáhara,
también aquí volaron el arco iris
con hermosas palabras y bombas de racimo.
Ángel Petisme, Demolición del Arco Iris (Baile del Sol, 2008).
October 25th, 2010 a las 11:56 pm

Hace siete años y siete días fallecía, en la soledad de un aeropuerto tailandés, Manuel Vázquez Montalbán. Cuando muere un escritor admirado solemos consolarnos con la idea de que nos queda su obra. Pero, aunque uno pueda resignarse sin excesivos traumas a que el mundo de Carvalho es finito y está contenido en una veintena larga de historias, o a que ya no se publicará ninguna novedad literaria prologada por el más prolífico de los prologuistas, no puede evitar pensar en las columnas sobre el gobierno de Zapatero, la huelga general o la trama Gürtel que ya no escribirá y que jamás leeremos.
Como mal menor, en su encomiable labor de extensión cultural, Público nos obsequió hace dos veranos con una completa colección del escritor catalán, que incluía una obra clave para comprender las grandezas y miserias de la izquierda de nuestro país: Asesinato en el Comité Central. En aquel libro, la víctima del asesinato viene a ser, entre líneas, la víctima de la crítica política de Montalbán: Garrido en el libro, Carrillo en la realidad. Pero no es difícil reconocer a otra víctima, ésta de la revancha personal del escritor, a lo largo de las páginas de la novela. Justo Cerdán encarna a Manuel Sacristán, probablemente el filósofo marxista más importante en lengua castellana. Cerdán es un comunista situado entonces en las afueras del PCE y el editor de una revista llamada Hasta luego (trasunto de mientras tanto), con quién Carvalho tiene una cuenta pendiente, muy parecida a la que vivió el propio Montalbán en la realidad. En el libro, la relación de admiración y desprecio de Carvalho-Montalbán hacia Cerdán-Sacristán se desliza sin ambages hacia el segundo extremo, lo que deja un poso amargo en el lector avisado.
Como escribió Javier Pradera: “mucho me temo que el ajuste de cuentas de Vázquez Montalbán con su malvado particular, apenas disimulado en un arquetipo extraparlamentario, sea un atracón, indigno de un buen gastrónomo, de ese plato que nunca se enfría que es la venganza”. (Las claves del desencuentro entre Manuel Vázquez Montalbán y Manuel Sacristán pueden encontrarse en la detallada reconstrucción de un incidente elaborada por el siempre minucioso Salvador López Arnal.)
A juicio de Gregorio Morán, entre ambos Manolos “se formó, se desarrollo y se gangrenó una generación entera de la izquierda real de este país”. Así que, como homenaje indirecto a la pluma del primero y al recuerdo de los dos, reproducimos aquí el artículo que escribió Montalbán con motivo de la muerte de Sacristán, en el verano de 1985, donde traza un retrato más equilibrado del filósofo marxista, de la enorme influencia político-cultural que tuvo y de su propia relación con aquél.
Que lo disfruten.

Contribución a la creación de un mito.
Manuel Vázquez Montalbán (28/VIII/1985)
“No hace mucho le vi en una cafetería. Se le había complicado el trámite de pagar. Siempre tuvo Manolo Sacristán el afecto de quienes se les complica las cosas más habituales y rutinarias, y, en cambio, se crecen ante los razonamientos más complejos, más próximos al final e imposible desvelamiento de la verdad absoluta. No hace mucho un estudioso de la historia del PCE me pidió un poema mío contra Sacristán que yo escribí en tiempos de silencio y que, por lo tanto, publiqué en una revista argentina hace más de 20 años, Cormorán y Delfin se llamaba la revista, y luego nunca reproduje en ninguna edición de mis libros de poemas. No hace mucho alguien me dijo que Sacristán estaba muy enfermo, fue una periodista mexicana de Nexos, creo, y yo le contesté: Sacristán siempre ha estado muy enfermo, siempre no los han propuesto como una vida transitoria, delicada, una máquina de pensar a punto de ser traicionada por las vísceras más innobles. Es decir, Sacristán seguía estando presente en mi experiencia cotidiana, ciudadana, intelectual, rememorativa y a esta hora de urgente balance, un balance escrito a más de 100 kilómetros de distancia de su muerte, con el teléfono de EL PAIS en el pecho, me doy cuenta una vez más del inmenso espacio que Sacristán ha ocupado, quisiéramoslo o no, en la formación de nuestra consciencia, de la consciencia de aquellos estudiantes de la Universidad de la segunda parte de los años cincuenta y de los años sesenta a los que nos prestaron un quehacer revolucionario.
Tuve ocasión de tratarlo muy próximamente, casi en reuniones para dos, en un período de observación de conducta clandestina, la mía, naturalmente, y pude darme cuenta de cerca de la precisión de aquella máquina de pensar, evidenciada en el resultado de uno de los lenguajes más precisos, más cargados de significación que yo he escuchado en este país. Le admirábamos todos. Luego algunos le adoraron y otros incluso le odiamos, aunque fuera transitoriamente. Pero nunca dejamos de admirarle y al historificar, aunque sea de urgencia e impresionados por su muerte, hemos de proclamarle como el gran introductor del marxismo en la cultura catalana y española de la posguerra, como el intelectual que con más rigor trató de dotar a la vanguardia crítica de este país de los elementos de comprensión del paisaje dialéctico de nuestro tiempo. Sobre él pesaba la gran cuestión que Sartre hizo suya y de su generación: el papel del intelectual en relación con el nuevo sujeto de la historia, la clase obrera.
Sacristán asumió y realizó la respuesta intelectual a este desarío del conocer, pero detrás de la frialdad de los cristales de sus gafas se percibía una ternura expiatoria que le predisponía a una gran indulgencia hacia los nuevos y necesarios hacedores de la historia y un gran recelo hacia su propia casta, la de los intelectuales pequeño burgueses en ocasiones víctimas del espejismo de un desamor de clase transitorio.
Nos entusiasmaba tanto que llegamos a decir: que piense él, nosotros plantaremos coles. Eso lo dije yo, exactamente yo, hace 25 años, después de una conferencia que él dio sobre el saber científico en una universidad en la que estaba prohibido hasta Maritain. Le amábamos tanto que quisimos ser correspondidos y eso no siempre ocurre. Por lo demás, al margen de nuestras visiones privadas del personaje, ahí queda su disgregada pero importante obra escrita, recientemente editada por Icaria, y su inspiración en la pasión, vida y obra de un partido, el PSUC, y en personas y revistas que algún día alguien se encargará de convertir en comunicación. Yo propondría como texto obligatorio para toda clase de posmarxistas ese precioso editorial del primer número de Materiales, escrito o inspirado por Sacristán y que ha sido el más alto exponente del grado de perpleja lucidez de una casta intelectual que supo desconfiar a tiempo de su propia retórica. Ese editorial es casi un credo en la esperanza materialista.
Sospecho que el personaje Sacristán podría ser reconstruido hasta lo irreconocible si nos lo dejan a sus contemporáneos o a sus discípulos. Deberíamos tener una reunión previa donde reconocer el inmenso impacto que causó en nuestras vidas mentales y prueba de ello es que siempre fue tema de nuestras mejores y peores conversaciones. Nunca se ayudó excesivamente a sí mismo a delimitar su propio personaje. Por su casi secreto amor al teatro tal vez imaginó que, una vez muerto, todos subiríamos al escenario y, al tratar de reconstruirlo, sólo hablaríamos de él como nuestro problema.”
Fuente: El País.
October 17th, 2010 a las 9:06 pm

“Cada día la vida bulle en la Vuelta del Castillo, en la Ciudadela y sus fosos: allí encontramos a corredores absortos en su tarea de batir al cronómetro o de batir la fuerza de la gravedad para no caer desplomados, a las cuadrillas de adolescentes a grito pelado disfrutando de un bello césped que todavía se puede pisar, a las parejas que dan buena cuenta de los recovecos múltiples que contienen las murallas y sus cuerpos, así como a los ancianos y menos ancianos sentados en los bancos contemplando el paisaje que todo lo anterior conforma. También están los futboleros, que van desde los audaces veteranos de algún equipo de Boscos hasta los nuevos repobladores de espacios públicos…”
Puedes seguir leyendo este artículo de Ion Martínez, viejo amigo de esta casa, en el Diario de Noticias.
September 19th, 2010 a las 4:39 am

Ha muerto Labordeta. La noticia era esperada, pero no por eso menos triste. Aragón ha perdido a su “abuelo” (como le llamaban los músicos que llegaron tras él); y la izquierda se ha quedado un poco más afónica. Autor de canciones grabadas en la memoria colectiva, puso música a las luchas de un tiempo y un país, pero también supo esconderse tras el aire burlón de su admirado Brassens. Profesor, poeta, músico, articulista, periodista, diputado… Labordeta tuvo que hacer frente también al peligro de convertirse en su propio personaje, y esquivó la solemnidad gracias a su descreimiento somarda.
Fundador del PSA, candidato de Izquierda Unida en algunas elecciones, diputado de la Chunta y miembro siempre de la IDA (Izquierda Depresiva Aragonesa). Si los países son comunidades imaginadas, Labordeta contribuyó -junto a otras voces de la Nova Trova Baturra, como La Bullonera- a reinventar Aragón; aunque sus letras también capturaron los lamentos y anhelos de las gentes que podían ser de allí como de cualquier otro lugar. Su música era rudimentaria y poco colorida, según él mismo: propia del tiempo gris que le tocó vivir; pero acompañaba bien, a golpes, la dureza de las imágenes y las historias que evocaban sus canciones. Fue gracias a su marcha a Teruel, siendo profesor de instituto, como pudo conocer de primera mano la textura del mundo rural, que quedó plasmado en sus letras como un documento histórico irremplazable.
Ese localismo no le restó proyección más allá del Ebro o de los Pirineos. Algunas de sus canciones fueron adoptadas como himnos, y otras utilizadas en las clases de hispanistas extranjeros. Yo escuché el “Canto a la Libertad” de boca de una amiga argentina, y descubrí un libro suyo en la estantería de una casa de Lund. Aunque fuera afrancesado, Labordeta pertenece a la estirpe de Woody Guthrie y Billy Bragg.
Hijo de la clase media ilustrada y represaliada, se encaminó hacia la poesía gracias a su olvidado hermano Miguel, y empuñó una guitarra animado por Pepe Sanchis Sinesterra y sus cintas traídas de Francia. Labordeta también se atrevió con la televisión y recorrió el paisaje español con la mochila a cuestas, dejando estampas inolvidables. También escribió libros: libros de cuentos, alguna novela, poemas, una autobiografía, crónicas parlamentarias.
Pero lo que nos marcó a muchos fueron sus canciones: los himnos, sin duda; pero también las canciones más tristes, sobre la vieja que se despide, el Lucinio que se tira al pantano o los vareadores de la oliva; y las disparatadas, como la del Lamberto marxi-cristiano o el Zarajota Blues; y las canciones de amor, que a veces se parecen a una viñeta de Supermaño; y los himnos, claro: como aquél “Me dicen que no quieres” que cantábamos cuando íbamos cargados de vino y entusiasmo. Muchas canciones que ahora resuenan en el recuerdo.
Su minuto de fama llegó quizás con aquélla anécdota parlamentaria, cuando mandó a la mierda a los diputados del PP que no paraban de insultarle mientras él interpelaba a un ministro. Aquél día un amigo me mandó este sms: “Labordeta, esos caínes sempiternos no te dejan hablar… ni ayer ni hoy. Échate la calle a cuestas donde tienes miles de oídos receptivos”. Siguen estando aquí: dispuestos a escuchar, y a cantar.
September 1st, 2010 a las 8:55 am
1 de Septiembre, 7 y 30 de la mañana. Se terminaron las vacaciones: atrás quedan la sombrilla, la Lonely Planet y el chorizo del pueblo. Hay que volver a levantar España. Pero, ¿realmente es necesario? Ya hay un hombre que lo hace todo…